Concierto de Kokeshi + Mvrmvr en Madrid
Promotor: Endemonium Booking
Sala: Wurlitzer Ballroom, Madrid Centro
Fecha: 13 de Julio del 2026, 22 hrs
Las entradas del pasado Lunes trece, acabaron en ‘sold out’, y de forma justificada, ya que se trataba del único, y primer concierto, de la banda japonesa Kokeshi, en España, y por otro lado, porque también iban acompañados de unos teloneros sorprendentes, Mvrmvr, particularmente, un servidor, nunca había visto una banda de blackmetal con vocalista femenina, y me quedé impresionado, no solo por el despliegue técnico de la banda en sí, que denotaba bastante profesionalidad, sino también por la poderosa fuerza de la vocalista con tres registros vocales diferentes, una voz, digamos humana, otra sonoridad vocal con growls guturales que rozaban el brutal death, por momentos, y una tercera voz aguda y más chillona, propia del black metal; todo esto sin overdubs y capas vocales añadidas; el concierto empezaría con su trilogía de Red Hill, obra conceptual que toma como axis el Sagrado Corazón de Jesús; en un ambiente de pájaros exóticos y nocturnas e infames aves nemorosas, la forma tripartita de cantar, se podía apreciar al completo en una sola de sus canciones, pues eran de largos desarrollos, y es que Mvrmur no es una banda black al uso, como tampoco lo es de doom o de blackgrind, sino que es una evolución más compleja, fusionada y elaborada de todos estos géneros sonoros, que a día de hoy, tienen una edad casi provecta de más de treinta y cinco años.
El espectáculo de Mvrmvr, fue altamente ritualístico, su vocalista envuelta en un velo de viudedad en santo oficio, y de espaldas al público, abrió esta ceremonia sonora entre lo sagrado y lo profano, con un pebetero de hierro sobre un altar enmantelado, mirando al negro techo de la sala, en el que arrojaba pétalos, y monedas antiguas, tipo dracmas o denarios, los gestos, simbólico – ritualistas se sucedieron durante toda la velada, utilizando como ejemplo un saco pequeño de tela del que extraía clavos, que primero mostraba al público, para luego introducirlos en un recipiente ceremonial, mientras, con la mano iba sosteniendo de forma aérea, y sin tocarlo, en apariencia, lo que fuera que se hallase holísticamente dentro de ese receptáculo; su cantante no dejó de cantar mientras sostenía su conjuro, a la vez que nos observaba con su impactante rostro sin cejas y con los ojos completamente amoratados; además del uso apotropaico de otros gestos mágicos, tipo mudrā, señalando y sellando con dos dedos el cielo, y el submundo con otros dos dedos, medio e índice de la otra mano, indicando con esto, uno de los axiomas de los Siete Principios del Hermetismo del Kybalión: «As Above So Below», máxima que proviene a su vez, del dualismo socrático – platónico, que podemos apreciar en el cuadro del renacentista, Rafael Sanzio, sobre La Escuela de Atenas, en el que Sócrates, maestro de Platón, señala a la Tierra, mientras que su discípulo, señala en rebeldía el Cielo, dando cuenta ya, de la eterna disputa en el que se castra uraniamente al padre, para poder así liberarnos, y crecer dialéctica y espiritualmente, en este avanzar vanguardista que es la evolución humana, desde la destrucción de las anquilosadas academias del pasado, y controladoras doctrinas polvorientas paternalistas, aunque no por ello desdeñables, sino dignas de respeto y admiración en cuanto ancestros, pero hacia una renovada y necesaria síntesis creadora de una nueva ola eléctrica de realidades aumentadas y optimizadas.
Dos guitarristas en Mvrmvr, que compartían pesados riffs entre melodías de muerte y resurrección, un bajista con una chaqueta raída, como recién salido de un sarcófago egipcio, y un batería que sudó sangre, con los múltiples cambios de rápido a lento que se sucedían en los temas, fueron los instrumentistas que acompañaron a su pitonisa recitadora; el portentoso concierto de Mvrmvr, finalizaría con el cierre de su mencionada trilogía “Red Hill”, entre samples de cantos religiosos y ojos cerrados de la agrupación, que acompañaban el trance final de la actuación.

…Y ahora era el esperado turno de los orientales, Kokeshi, con la zona superior de la sala abarrotada, y chicas subidas encima de taburetes, para poder otear mejor la actuación, me tuve que situar por un lateral del escenario, para poder sacar alguna foto, ya que de frente parecía imposible, fue muy electrizante y excitante el momento de la espera; la banda ya estaba posicionándose en el escenario y probando los instrumentos, y sabía que en cualquier momento saldría por el pasillo del backstage, su espectral cantante, en eso que giré la cabeza, y la tenía a mi lado, impávida, con toda la cara inscrita de kanjis, y el pabellón auricular perforado por zarcillos de hierros, descalza, con un traje rojo de bordados blancos, el pelo delante de los ojos (curiosamente azules); no pude hacer más que sonreírme en el shock del momento, le quité la vista y la volví a mirar, y empezó a crujirse las cervicales del cuello antes de subirse al escenario.
Que Japón, le lleve siete mil años de diferencia a la cultura occidental, se hace evidente en muchos aspectos, tanto espiritualmente, con su conexión del cuerpo y la naturaleza, que hace que sea una de las razas más longevas del mundo, con sus hábitos alimentarios, que les hace comer de forma más detallada y minúscula, con finos palillos, en vez de tridentes como los occidentales, entre muchos otros aspectos, como los monjes – poetas zen, que llegan a tal dominio del cuerpo y de su propia muerte, que ellos mismos eligen su momento apropiado de morir, junto a la caída estacional de las hojas de un cerezo, una cultura etérica, fisionómica y espiritualmente en nuestras antípodas.
Kokeshi, utilizan mucho el símbolo del mar y de la lluvia en la mística de su música, así como el pez koi, es otro símbolo muy importante en la cultura japonesa, un pez que padece la pasión de escalar cascadas hasta metamorfosearse en dragón al llegar a la cima, el pez se ofrece como sacrificio a las entidades Kami, en los santuarios, haciendo de puente entre el mundo espiritual y nuestro mundo material; para los cristianos perseguidos de muerte por los romanos, el pez simbolizaba a Jesucristo, y entre ellos empleaban, el símbolo del pez secretamente, dibujándolo con un palo sobre la tierra, para reconocerse entre ellos, pues entendían a Cristo como el dios del cielo y fuente que mana las aguas, no por casualidad, el acrónimo griego de I.ch.t.hy.s., que significa pez, se deletrea como (Iēsûs Khrístos Theû Hyiós Sotḗr), Jesús Cristo Hijo Dios Salvador.
Los japoneses tienen Peces – Espíritu, como el Namazu, un pez – gato gigante que es capaz de producir temblores de tierra, y para los budistas, liberar el Karma, es soltar a los peces, liberarlos, comprarlos, y en vez de comerlos, soltarlos en los ríos. Esta cultura, como básicamente todas en sus nexos de red espiritual, sabe que toda magia pasa por el conocimiento del espíritu de purificación de las aguas.
Un aspecto que llama mucho la atención de la banda, además de su música extremadamente salvaje, que pudimos dar fe de ello, los asistentes a esa noche del 13 de Julio, en el que vimos a Nana Yokota, literalmente poseída, en la que podía pasar de un estado de lo más convulso entre gritos y espasmos a un estado de quietismo ataráxico fantasmagórico en cuestión de segundos, nos da testimonio de la fortaleza espi-ritual y del autodominio de esta cultura, la fuerza sobrehumana de esta banda viene propiciada por su cantante, en la que no hay ningún tipo de pose, algo que se puede demostrar viendo un video que circula por Youtube, en la que se ve a su vocalista, con los ojos en blanco, es decir, muerta, fruto, imaginamos, de severos ejercicios espirituales de muerte mística, con lo que podemos comprender el porqué de la conexión mística con las aguas en la filosofía de la banda.

Esa noche, aunque no de forma tan descarada, como en el citado video, de un concierto suyo en Indonesia, sí pude percatarme de sus ojos blancos extáticos de muerte espiritual, en un momento en el que hizo un giro con la cabeza, en la mitología japonesa esta persona representaría un ikiryō, una fantasma viva, en la que su alma se nos está manifestando separada de su propio cuerpo.
Y es lo que simbolizaba Yokota, una especie de conjuro andante con la cara y los brazos llenos de kanjis, un libro de sangre humana. El resto de la banda, tampoco se quedaba atrás, un guitarra también descalzo con el pelo teñido de rubio, que se asemejaba a Ichi The Killer, un corpulento batería atronador con doble pedal D- Beat, y un bajista enloquecido, su vocalista Nana, portaba la mano, como siempre en todas sus actuaciones, enredada en el hilo rojo del destino, símbolo distintivo de la banda, hilo rojo fundamental de la mitología japonesa, que representa la urdimbre arácnida que une sin excepción a todos y a todo, animal, vegetal y mineral, en este planeta y al resto del Universo del cual provenimos antes de ser humanos. En física cuántica, estas serían las supercuerdas invisibles de Brana, de color verduzco que sostienen el universo, y unen la retícula en la cual estamos todos interconectados por causa y efecto.
Al igual que Mvrmvr, la vocalista hacía uso de tres personalidades diferentes con la voz, con unos alaridos agudos, que se asemejaban al chillido sordo de Blixa Bargeld de Einstürzende Neubauten. La revulsiva música, podía pasar de sonar a un imparable negro tren traqueteante del infierno, por los efectos percusivos a lo Discharge, hasta un funeral doom abisal de contorsiones corpóreas lentificadas y mortuorias, para luego romperse el aire en un auillido homicida entre ataques de posesión infernal, en la que su cantante despertaba de algún tipo de osqvro letargo.
Entre todo el caos sonoro, ultracontrolado de la banda, también hubieron algunas partes más calmas, con un canto espiritual de raigambre oriental e incluso una voz narrativa declamando. En un momento que pensaba que había una pelea en la sala, no era más que un pogo de toda la vida, pero su efecto dominó llegó hasta la esquina donde estaba apoyado; si de por sí es difícil identificar canciones en un género como este, al tratarse del japonés, la dificultad aumenta notoriamente, aún así, el público reconoció enfebrecido uno de los temas; finalmente es de agradecer también a la organización del evento, no solo que apuesten por estas músicas in extremis, sino que hayan repartido una entrada tradicional del concierto, para una noche para el recuerdo, en vez de las insípidas entradas electrónicas. Dōmo Arigatō.
Sebensuí A. Sánchez


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