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Crónica HellFest 2026 | Cuando el calor quiso ser cabeza de cartel (Parte 2)

CRÓNICA | PARTE 1

Si el jueves fue el despertar y el viernes la confirmación de que el Hellfest 2026 había decidido convertir el calor en un cabeza de cartel inesperado, el sábado fue la jornada en la que el festival alcanzó su punto de ebullición, sin saber lo que el domingo nos tenía preparado. Ya nadie preguntaba dónde estaba la sombra más cercana. Todos la conocían de memoria. Las fuentes de agua dejaron de ser una comodidad para convertirse en paradas obligatorias dentro de un recorrido perfectamente aprendido. Los pulverizadores repartidos por el recinto eran pequeños refugios donde decenas de desconocidos compartían unos segundos de alivio antes de volver a lanzarse sobre un océano dominado por el color negro. A esas alturas del fin de semana, el HellFest había cambiado incluso la forma de caminar de sus asistentes. Ya no existía aquella energía casi nerviosa del primer día, cuando todo parecía urgente y cualquier concierto podía ser el mejor del festival. Ahora los movimientos eran más pausados, diría que más inteligentes. Se aprendía a dosificar las fuerzas. A aceptar que perderse una banda no significaba perder el festival, algo realmente difícil de asimilar. El verdadero espectáculo ya no estaba únicamente sobre los escenarios, también sucedía entre ellos. Bastaba con detenerse unos instantes para observar a personas desconocidas compartiendo crema solar o levantando sus vasos para brindar con agua en lugar de cerveza.

Escenas aparentemente insignificantes que terminaban definiendo mucho mejor esta edición que cualquier fotografía. Las piernas protestaban y la espalda comenzaba a pasar factura. Los hombros acusaban el peso de la mochila, pero la música seguía encontrando la manera de convencer al cuerpo para aguantar un concierto más. Y luego otro. Y otro más. Quizá esa sea la mayor virtud del evento, no consigue que olvides el cansancio, consigue que deje de importarte.

non est deus hellfest 2026
Non Est Deus

 

SÁBADO 20

Los daneses Cabal no entienden de despertares suaves. Su deathcore, cargado de influencias industriales y una producción aplastante, actúa como un auténtico electroshock para un público que aún está terminando de desayunar. Desde el primer tema, la banda despliega un muro de sonido compacto, con guitarras afinadas hasta límites casi inhumanos, una base rítmica demoledora y la imponente voz de Andreas Bjulver ejerciendo de auténtico motor del concierto. Su propuesta consiste en golpear una y otra vez con precisión quirúrgica, construyendo una tensión que apenas concede respiro. Resulta curioso comprobar cómo el cansancio desaparece durante unos minutos en las primeras filas. Donde hacía apenas media hora solo había gestos de agotamiento.

El cambio de registro llega con Non Est Deus, proyecto alemán de black metal que abraza sin complejos una estética profundamente anticlerical y provocadora, convirtiendo cada actuación en una declaración de intenciones. Visualmente, la banda apuesta por una imagen sobria pero contundente. A saber, túnicas blancas pero con restos de suciedad, rostros ocultos y una puesta en escena que deja todo el protagonismo a una atmósfera cargada de simbolismo. No necesitan grandes artificios; basta la fuerza de sus composiciones para envolver al público. Su música se mueve entre la crudeza del black metal tradicional y una producción moderna que permite apreciar con claridad las múltiples capas de guitarras y melodías. Los blast beats se suceden con precisión, mientras las voces rasgadas parecen emerger desde algún lugar mucho más profundo que el propio escenario. Su concierto no pretende impresionar por el tamaño de la producción, sino por la convicción con la que defienden su identidad.

non est deus hellfest 2026
Non Est Deus

 

cabal hellfest 2026
Cabal

 

La mañana encuentra uno de sus momentos más inspirados con Psychonaut. Los belgas llevan años construyendo una personalidad muy particular dentro del post-metal europeo, mezclando sludge, progresivo y pasajes de enorme sensibilidad melódica sin perder nunca el peso de sus composiciones. En directo, esa combinación adquiere todavía más sentido. Cada canción parece crecer lentamente, como si la banda evitara deliberadamente cualquier atajo hacia el clímax. Las guitarras alternan momentos de enorme delicadeza con explosiones de intensidad perfectamente medidas, mientras la sección rítmica sostiene un sonido inmenso que llena cada rincón del escenario. Salimos con la sensación de haber encontrado, en mitad del bullicio permanente, un espacio donde detenerse unos minutos y simplemente escuchar. Antes de los belgas asistimos durante unos minutos al concierto de Defeated Sanity. Los alemanes ofrecieron probablemente una de las actuaciones más extremas de toda la jornada. Su combinación de brutal death, cambios imposibles de compás y una precisión instrumental casi insultante convierte el concierto en un auténtico ejercicio de virtuosismo. Lo realmente admirable es que toda esa complejidad nunca pierde pegada, aunque he de reconocer que tras unos pocos temas decidí emprender mi viaje al Valley para la propuesta de Psychonaut. Necesitaba un respiro musical más pausado, aunque ello significara enfrentarme directamente al sol. Hay conciertos que entretienen, otros que emocionan y algunos que incomodan. 1914 pertenecen a esta última categoría. La formación ucraniana ha construido toda su identidad alrededor de la Primera Guerra Mundial, y eso convierte cada actuación en una inmersión absoluta en uno de los episodios más oscuros de la historia contemporánea. Su música transmite una sensación de desolación permanente. Desde su aparición sobre el escenario, vestidos con uniformes inspirados en la época, el ambiente cambia por completo. Las canciones avanzan como una columna de soldados atravesando tierra de nadie. No hay espacio para el alivio. Los asistentes a su concierto recordamos con la música de 1914 lo absurdo de la guerra.

defeated sanity hellfest 2026
Defeated Sanity

 

1914 hellfest 2026
1914

 

Si 1914 representan la solemnidad, los catalanes Crisix irrumpen con una descarga de thrash metal que devuelve la sonrisa al público desde el primer minuto. Pocas bandas entienden tan bien como ellos que la velocidad también puede ser divertida. La banda española más francesa.  Con una actitud desenfadada y una conexión inmediata con los asistentes, Crisix convierten el escenario en una auténtica fiesta de riffs acelerados, solos afilados y estribillos que invitan al movimiento constante. No tardan en sonar temas imprescindibles de su repertorio, desatando una sucesión casi ininterrumpida de circle pits y sonrisas. La banda domina el arte de comunicarse con el público sin artificios, apoyándose en una naturalidad que hace que todo parezca espontáneo, aunque existen horas de trabajo a sus espaldas. Muy bueno el interludio con “Fight for Your Right / Walk / Antisocial”, y sobre todo el final con “Ultra Thrash”, donde demuestran que el su estilo sigue siendo uno de los géneros más efectivos cuando se trata de generar una comunión inmediata entre escenario y público. Después de la descarga de adrenalina el ambiente vuelve a oscurecerse con Gaerea. Los portugueses se han consolidado como una de las bandas más interesantes del black metal contemporáneo, alejándose de los clichés del género para construir una propuesta profundamente emocional y visualmente muy reconocible. Con los rostros completamente cubiertos por telas negras, eliminan cualquier tipo de individualidad, formando un sólido conjunto. No importan los músicos como personas, sino la obra que representan. Es un recurso sencillo, pero tremendamente efectivo. Canciones de discos como “Mirage” o “Coma” encuentran en directo una dimensión todavía mayor, apoyadas por un sonido limpio y una iluminación que potencia el carácter casi espectral del concierto.

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Crisix

 

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Gaerea

 

Si hubiera que elegir una banda para representar la excelencia técnica dentro del death metal del nuevo siglo, pocos nombres aparecerían antes que Obscura. Los alemanes llegaron al HellFest con la tranquilidad de quien conoce perfectamente sus virtudes. No necesitan exagerar gestos ni buscar continuamente la complicidad del público. Saben que su mejor carta de presentación sigue siendo una ejecución prácticamente impecable. Las guitarras de Steffen Kummerer y compañía desarrollan armonías complejas como demuestran en “Stardust”, “Beyond the Seventh Sun” o el cierre con “Akróasis”, sin perder agresividad, mientras la sección rítmica sostiene estructuras que desafían constantemente las expectativas del oyente, pues nunca sabes que esperarte a continuación. Juegan con la mente de los asistentes cual titiritero con sus marionetas. Cuando termina el concierto, cuesta no pensar que el sábado ha alcanzado un punto de no retorno, sensación que aumenta cuando echamos un vistazo a la próxima aventura musical: Oranssi Pazuzu. Pocas bandas consiguen transmitir la sensación de estar contemplando algo completamente ajeno a cualquier clasificación. Los finlandeses son una de ellas. Llevan años expandiendo las fronteras del black metal hasta convertirlo en una experiencia donde conviven la psicodelia, el krautrock, la electrónica y el rock experimental. Intentar explicar su música resulta casi tan complicado como describir un sueño al despertar. “Era mi primerita vez” y su concierto en HellFest fue una experiencia a todos los niveles. Desde el primer tema, el escenario dejó de parecer un escenario para convertirse en una masa de sonido en constante transformación. Los sintetizadores, las guitarras saturadas y las largas estructuras repetitivas construyeron una atmósfera casi hipnótica que me absorbía a un vacío creado de la nada, donde temía encontrarme esas criaturas surgidas de la mente de Lovecraft. Mientras alrededor el festival seguía funcionando con la precisión de una maquinaria perfectamente engrasada, Oranssi Pazuzu parecían tocar en una dimensión paralela, completamente ajena al ruido del resto del recinto.

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Obscura

 

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Oranssi Pazuzu

 

Pocas bandas poseen la capacidad de generar una conexión tan inmediata con varias generaciones de aficionados. Para Anthrax eso es un juego de niños. Los neoyorquinos no necesitan reinventarse, su legado habla por ellos. Desde la aparición de Scott Ian con su inseparable guitarra hasta la energía inagotable de Joey Belladonna y esa melana negra mate sin atisbo de canas, el concierto se convirtió en una celebración del thrash metal entendido como una fiesta colectiva. Seguían donde Crisix nos había dejado no hace tanto- Sonó todo lo que queríamos que sonara: “Caught in a Mosh”, “Madhouse”, “Indians” y la imprescindibles “Among the Living” con la que comenzaron. La sensación que transmiten es la de una banda disfrutando exactamente igual que quienes la observan y en “Antisocial” la comunión entre todas las partes llega a su clímax. Nos movemos cuales ninjas unos metros hacia la derecha para asistir en primera fila a uno de esos momentos marcados en negrita, cursiva, subrayado y más tamaño de letra. Todo lo posible por hacerse ver en nuestra agenda. Tomaba el Main Stage A Perfect Circle. El cambio de escenario volvía a alterar completamente el estado de ánimo del festival, entendiendo esto siempre como algo positivo. Hablar de A Perfect Circle supone hablar de una propuesta que siempre ha transitado por caminos diferentes a los habituales dentro del rock y el metal. Más que un concierto, lo suyo parece una conversación pausada a la sombra de unos árboles en un parque, pero entre miles de personas al mismo tiempo. Desde la primera aparición de Maynard James Keenan, curiosamente visible y no situado entre sombras como acostumbra, quedó claro que la banda no iba a competir en volumen ni en espectacularidad visual. Su fuerza reside precisamente en lo contrario, en la contención. Las canciones fueron sucediéndose con una naturalidad admirable, alternando momentos de enorme delicadeza con otros donde la intensidad emocional crecía sin necesidad de recurrir a la agresividad. “The Noose”, “Weak and Powerless”, “The Outsider” o la siempre sobrecogedora “Judith” encontraron un público completamente entregado, capaz de pasar del silencio absoluto a la ovación en cuestión de segundos. Visualmente, el espectáculo mantuvo la elegancia que caracteriza a la banda. Proyecciones cuidadosamente seleccionadas con una iluminación medida al detalle. Su espectáculo en sala o con la noche cayendo sobre nuestros hombros apostaría a que es algo único. Por desgracia nos tocó disfrutarlo con nuestro particular enemigo golpeando fuerte. Una pena no poder asistir a Kublai Khan TX por coincidir completamente en tiempo de ejecución. Mi compañera y fotógrafa únicamente tiene buenas palabras para la banda de Matt Honeycutt.

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Anthrax

 

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Kublai Khan TX

 

Los belgas de Amenra no suben al escenario para entretener. Lo ocupan como quien entra en un templo. Desde el primer instante queda claro que su propuesta exige una implicación diferente por parte del público. Aquí no hay lugar para la distracción, ni para la conversación ocasional mientras suenan. Todo invita al recogimiento. Con Colin H. van Eeckhout dando la espalda al público durante buena parte de la actuación, la banda vuelve a demostrar que su lenguaje escénico desafía todo lo que conocemos. La conexión se establece de otra manera, más profunda, más introspectiva. Cada composición crece lentamente, apoyándose en guitarras densas, silencios perfectamente medidos y una intensidad emocional que resulta mentalmente agotadora. No es extraño ver a muchos asistentes completamente inmóviles, como si el concierto hubiera suspendido durante unos minutos el bullicio habitual del festival. Es muy difícil no soltar alguna lagrimilla en temas como “De evenmens” o “A Solitary Reign”. Demuestran que el silencio, cuando se utiliza correctamente, puede resultar mucho más devastador que el riff más pesado. Old Man’s Child devuelven el protagonismo al black metal más clásico y melódico. El proyecto liderado por Galder supone uno de esos regresos que muchos aficionados llevaban años esperando. Su aparición en el cartel despertó una enorme expectación y el concierto respondió a ella con una interpretación sólida, elegante y profundamente fiel al sonido que convirtió a la banda en uno de los referentes del black metal noruego de finales de los noventa. Lejos de buscar una producción grandilocuente apuestan por la sobriedad. El protagonismo recae sobre unas composiciones donde las melodías de guitarra, los teclados y la agresividad conviven con absoluta naturalidad. Un concierto que nos habla de la memoria, de como muchos de nosotros comenzamos en la música extrema gracias a bandas como Old Man’s Child.

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Amenra

 

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Old Man´s Child

 

Cuando Deicide toman el relevo, cualquier concesión desaparece. Los estadounidenses llevan más de tres décadas defendiendo una de las propuestas más extremas e influyentes del death metal, y su paso por HellFest vuelve a confirmar que la banda sigue siendo una referencia absoluta dentro del género. Sin apenas interacción con el público, Glen Benton y compañía centran toda su actuación en la música. No necesitan grandes discursos. Sus canciones hablan por ellos. Los riffs afilados, la batería implacable y una ejecución precisa convierten el concierto en una descarga continua de agresividad perfectamente controlada. La banda mantiene esa austeridad que siempre les ha caracterizado. En un festival donde abundan las producciones monumentales, Deicide siguen defendiendo la vieja escuela: cuatro músicos, un escenario y un repertorio capaz de sostener por sí solo toda la actuación. Tocaba despedirse a lo grande con Behemoth tocando en uno de los Main Stage por un cambio de última hora debido a la caída de la banda que tenía que ocupar ese espacio. Un desenlace a la altura de todo lo vivido durante la jornada. Pasamos de la austeridad a hablar de la banda polaca, que ha entendido como pocos la importancia de convertir cada concierto en una experiencia visual y sonora de primer nivel. El escenario parecía un altar ceremonial con el humo envolviendo cada movimiento. Las antorchas, los símbolos y la cuidada iluminación transformaban el espacio en una representación donde la música y la escenografía caminaban de la mano. Nergal volvió a ejercer como un maestro de ceremonias impecable, dominando el escenario con una presencia magnética que nunca cae en la exageración gratuita. El repertorio fue un recorrido por algunas de las composiciones más representativas de su trayectoria: “Blow Your Trumpets Gabriel”, “Bartzabel”, “Chant for Eschaton 2000” y el final con “O Father O Satan O Sun!”. Cuando el último acorde se perdió en la noche de Clisson, nadie tuvo la sensación de haber asistido únicamente al cierre de una jornada. Faltaban los créditos de nuestra particular película, el domingo. Todavía no lo sabíamos, pero nos íbamos enfrentar a la batalla final. A ese enemigo de J-RPG que evoluciona en diferentes formas y siempre para jodernos la vida lo máximo posible. Agua como pociones de vida y proteínas en busca de nuestro particular maná perdido segundo a segundo. El sol ataca y todo el HellFest responde.

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Deicide

 

Behemoth hellfest 2026
Behemoth

 

DOMINGO 21

Hay un instante muy particular en todos los grandes festivales. Sucede la mañana del último día. No aparece en el cartel, no figura en los horarios y nadie lo anuncia desde los escenarios. Simplemente ocurre. Uno abre los ojos y, por primera vez desde que llegó a Clisson, no piensa en el primer concierto de la jornada. Piensa en que mañana ya no estará allí. Las pulseras pasarán de ser una llave que te da acceso a todo, a convertirse en un recuerdo. El polvo desaparecerá de nuestros cuerpos después de una ducha demasiado larga y el sonido que tanta felicidad nos proporciona, poco a poco, dará paso al silencio de la rutina. Pero todavía no. Aún queda un día entero por disfrutar y esa certeza transforma por completo la manera en que decidimos afrontar el duelo contra nuestro némesis, que golpea más fuerte que nunca, marcando récord de temperaturas en la zona en la que nos encontramos. Nuestro arma el poder de la mente y mi particular mantra: “el HellFest no consiste en hacerte creer que has viajado a otro lugar. Consiste en lograr que, durante cuatro días, olvides completamente cuál es tu sitio.” Por agotamiento y necesidad de descanso, no era viable entrar antes al recinto antes de las 16:00. Una pena por la gran cantidad de propuestas y bandas a las que le teníamos muchas ganas.

Los griegos Suicidal Angels abren nuestra jornada con una descarga de thrash metal clásico, rápido y sin adornos. Su concierto funciona como una inyección de adrenalina para un público que ya acumula tres días de desgaste. Riffs afilados, baterías aceleradas y una actitud completamente orientada al directo convierten el escenario en un homenaje a la vieja escuela del género. Pennywise traen bajo sus brazos el espíritu más festivo del punk californiano. Clásicos como “Bro Hymn” desatan uno de los momentos más emotivos del domingo. El público canta cada estribillo con la misma intensidad que si fuera el primer día del festival, demostrando que algunas canciones trascienden generaciones y estilos. Después de tantas horas de metal extremo, Pennywise nos recuerdan que también sabemos sonreír.

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Suicidal Angels

 

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Pennywise

 

A continuación nos repartimos entre dos escenarios en el mismo bloque. No acudimos a los conciertos completos, pero elegir era tan difícil que decidimos optar por lo más lógico: ambos. El cambio de ambiente es radical con Wolves in the Throne Room transformando el escenario en un bosque sonoro donde el black metal se funde con la naturaleza, la espiritualidad y la contemplación. Su actuación no busca la violencia constante, sino la inmersión. Las largas composiciones, las capas de guitarra y la iluminación tenue crean una atmósfera hipnótica que parece aislar al público del resto del festival. Con canciones como “Mountain Magick” o “I Will Lay Down My Bones Among the Rocks and Roots” el festival deja de parecer una ciudad de acero y fuego para convertirse en algo mucho más antiguo. Vuelve a dispararse la energía con Rise Against. Los estadounidenses ofrecen uno de los conciertos más multitudinarios del domingo gracias a una colección de himnos que conectan de inmediato con el público. “Prayer of the Refugee”, “Savior” y “Satellite” son recibidas con una respuesta atronadora. Más allá de la contundencia de la banda, lo que destaca es la capacidad de Tim McIlrath para convertir cada canción en un mensaje directo a nuestros corazones. El cansancio desaparece durante un rato entre coros masivos y miles de voces cantando al unísono.

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Wolves in the Throne Room

 

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Rise Against

 

Architects representan el metalcore moderno llevado a gran escala. Su producción visual, el uso de pantallas y la contundencia del sonido convierten el concierto en uno de los más espectaculares de la jornada. Sam Carter vuelve a demostrar por qué es uno de los frontman más carismáticos del género, alternando agresividad, melodía y una conexión constante con el público. El repertorio equilibra perfectamente sus temas más recientes con los himnos que han marcado su trayectoria, manteniendo una intensidad que apenas concede respiro. Lo que caracteriza a The Hives en directo volvió a quedar claro en HellFest. Howlin’ Pelle Almqvist ejerció de maestro de ceremonias con su habitual mezcla de humor, arrogancia teatral y una interacción constante con el público. Es un frontman que prácticamente no deja respirar a la audiencia entre canción y canción. Los temas que pudimos disfrutar antes de emprender viaje a tierras más extremas fueron vertiginosos. “The Hives Forever Forever The Hives”. Dejaron huella pese a los pocos minutos que los disfrutamos para asistir a Marduk. La noche entra definitivamente con los suecos. Nos ofrecen una actuación feroz, directa y absolutamente implacable. Su black metal de guerra cae sobre el escenario como una tormenta de blast beats y riffs cortantes, sin apenas pausas ni concesiones. Visualmente sobrios, pero sonoramente devastadores, Marduk recuerdan que el black metal más extremo sigue teniendo una capacidad única para generar tensión incluso después de cuatro días de festival. “Shovel Beats Sceptre”, “Panzer Division Marduk” y “Wolves” los temas que más disfrutamos. La demostración perfecta de como evolucionar sin perder las raíces.

architecs hellfest 2026
Architecs

 

marduk hellfest 2026
Marduk

 

Pronto llegaría uno de los contrastes más deliciosos de todo el fin de semana. The Adicts aparecen con su estética inspirada en “La Naranja Mecánica” y convierten el recinto en una fiesta surrealista de punk clásico, confeti y humor británico. Después de la oscuridad de que veníamos, su concierto actúa como un respiro necesario. El público baila, ríe y se deja llevar por una actuación que demuestra que el caos también puede ser divertido. Es uno de esos momentos que solo pueden ocurrir en un festival como el festival francés. ¡Bravo! Y finalmente llega Mayhem. Hablar de ellos es hablar de la historia misma del black metal noruego. Su presencia en el cierre del domingo tiene algo simbólico, una banda ligada al nacimiento del género más extremo y polémico de Europa encargándose de bajar el telón de la edición 19ª. El escenario se envuelve en humo y oscuridad mientras Attila Csihar despliega esa presencia escénica inclasificable que convierte cada actuación en una experiencia casi ritual y que pone los pelos de punta. Los tres clásicos que tocaron de “De Mysteriis Dom Sathanas” son recibidos con auténtica devoción por un público que entiende perfectamente el peso histórico de lo que está presenciando. No es un concierto pensado para el gran espectáculo visual. Es una ceremonia y como toda buena ceremonia, funciona mejor cuanto menos intenta explicarse.

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The Adicts

 

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Mayhem

 

La alerta roja por altas temperaturas y el elevado riesgo de incendio obligan a cancelar el lanzamiento de fuegos artificiales, una decisión tan lógica como simbólica. El calor, que había acompañado cada minuto del festival desde el jueves, termina teniendo la última palabra. De algún modo resulta apropiado porque esta edición será recordada precisamente por eso. ¿Por las bandas? Sí. ¿Por los conciertos históricos? También. Pero sobre todo por esos cuatro días en los que el sol decidió competir con todos los cabezas de cartel del mundo. Algunos asistentes se hacen la última foto con la catedral iluminando sus espaldas. Otros caminan en silencio hacia el camping con esa mezcla de satisfacción y tristeza que solo existe al final de un gran festival. Los más afortunados regresamos a nuestro centro de operaciones en Nantes, con una cama y una ducha “de verdad”. Mientras Clisson recupera poco a poco su aspecto habitual, las primeras conversaciones sobre HellFest 2027 ya han comenzado, tras el anuncio antes de despedirse de sus peregrinos, de que en su 20º cumpleaños, se pasará de 6 a 10 escenarios y habrá un total de 300 bandas. Todo ello manteniendo el aforo de 60.000 personas por día y prometer resolver el problema de las aglomeraciones. Los créditos apenas han empezado a rodar y el público ya está pensando en la secuela.

 

 

 

REDACTOR: ALEXIS MONTANS / SARA NOGUERAS

FOTÓGRAFAS: CRIS TRESPANDO / SARA NOGUERAS