CRÓNICA: Tim Hecker + Arash Moori (Madrid)

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Sábado 24, Sala Taboo, Madrid, 22:00

¿Dónde está Tim Hecker?

El concierto del pasado sábado en la Sala Taboo lo abrió el anglo-indio Arash Moori, que hizo el perfecto despegue para lo que venía luego, despegue porque parecía a veces que una nave despegaba de una estación orbital. El señor Moori manejaba una bola de plasma que daba la sensación de estar en un laboratorio espacial, sobre su cabeza un dragón chino que recorre parte de la Sala Taboo que con la luz roja de la sala daba un toque aún más misterioso…Clicks & Cuts maquinales, música futurista, estallidos industriales – techno que chisporroteaban… es curioso porque se dice que es peligroso colocar aparatos electrónicos cerca de una esfera de plasma ya que se calienta el cristal y este señor la tenía rodeada de aparatos, daba la sensación de que la esfera también hacía música pues al tocarla se activaban los rayos, éstas esferas producen ozono alrededor que se acelera al poner la mano encima. Unos flashes cegadores al ritmo de la música hacían casi imposible mirar al escenario, todos los temas sonaban entrelazados, se activa otro aparato que emite luz junto al flash que va avanzando como un tren cósmico, los b.p.m. siguen su marcha explotando en celeste implosión. Moori dirige una especie de radio con una antena hacia el público, irradiándonos de dios sabe qué….Flashes a la velocidad del sonido hacen bajar la vista y enciende otra luz más, en este caso un tubo fluorescente de spacelab que también vibra con los graves del sonido. El concierto termina entre escapes de gas, como si la Nostromo estuviera alunizando.

En una Taboo abarrotada, estábamos los asistentes hasta sentados en el suelo, esperábamos la “aparición” de Tim Hecker sobre el escenario, su aparición, fue, nunca mejor dicho, fantasmagórica, oculto en una oscuridad rojiza humeante en el que durante breves instantes vislumbrábamos su figura. El sonido que nunca paró en la sala, aún habiéndose ido el músico anterior, era como de fugas de gas de astronaves estropeadas que iban tensándose con sonidos de tambores electribales, sonidos de riffs de guitarras en bucles que luego iban sonando con algunos arpegios desarmónicos de las mismas y un sonido ambientalmente agresivo como base.

Hecker sale de la nada como un fantasma, y se mueve como una sombra sobre el escenario, tiene una lamparilla para poder ver el ordenador. La música es tensa, in crescendo continuum, graves subliminales nos palpitaban en la sangre sentados sobre un suelo de madera, los sonidos a un volumen brutal,¿ Se entremezclaban, se solapaban, se separaban?, capa sobre capa como la tierra, el sonido en alta tensión como si fuera a estallar un milagro…ahora suena un piano ensordecedor, violento, atonal como un Pierrot Lunaire de Arnold Schönberg, no hay ritmo definido.

El músico no importa, importa el sonido, el músico es ahora un intérprete del sonido, un canal entre el humo rojo. ¿Dónde está Tim Hecker?. El estruendo del vortex electrónico va dejando atrás al de los pianos. Esto es una especie de misa pandemónium astral, la gente se acaricia con los ojos cerrados. La perfecta mezcla entre la más pura calma y el ruido indescriptible más atroz. Sigue apareciendo más niebla en el escenario, Hecker es ahora una sombra de lo que fue, ya sólo vislumbramos un punto blanco y un punto rojo sobre el escenario. Alguien fuera del escenario lleva linterna, ¡¿Quién es?!.

Un maelstrom de graves, ritmos monotonales repetitivos hace girar nuestra mente, por vez primera se puede entreoír una voz humana. Esto es un mantra y estamos comulgando tirados en el suelo. Algo similar a un órgano ( que tanto le gustan a Hecker, recordar que Ravedeath 1972 fue grabado dentro de una catedral islandesa en el cual utilizaba el órgano de la misma) aparece en el marisma sonoro.

Suenan silbidos que no sé bien si proceden del público o de Hecker que ya es un ser indefinido en el escenario, el humo nos emborrona a todos los asistentes, nos confundimos con el sonido, buceamos.

No hay escapatoria de la oleada sónica y estamos zambullidos en un caos sonoro. Cada vez hay más   dormidos ensoñadores entre el público. Estrategia acertada la de Hecker de desaparecer dentro de la música para convertirse y convertirnos en entes sonoros. La arritmia de multitud de paisajes abstractos empieza a cortarse en espirales disfuncionales, sonidos informes con polvo estelar que cae sobre nuestras cabezas, nacen ritmos como estrellas de poca duración, así debió sonar el nacimiento del cosmos, dolorosa y ruidosamente. No hay descanso en la fuerza emisora de este señor, las pequeñas treguas sonoras rítmicas no hacen que salgamos de un estilo ill ambient. Nada es lo que parece, en esta oscuridad rojiza todos los gatos son pardos. Ahora se vuelven a suceder amagos de voces humanas con el espaldarazo de unos gongs electrónicos. Nos va a esperar un buen drone de oídos al acostarnos.

Poco a poco el espectro de Hecker va apareciendo y la gente le chifla, ¡pero no!, vuelve a desmaterializarse tímidamente como el que transmuta en niebla. Otra vez sube la marea del sonido que semeja guitarras eléctricas disonantes y el furioso ambient se eleva como una catedral del sonido. Para los que esperaban un Tim Hecker relajante, como en muchas de sus composiciones, debieron padecer pues fue un ataque cardíaco-sonoro. Misa roja catártica como puesta en escena, máximo volumen. Sonidos de teclados que parecen relojes antiguos llegando al paroxismo, gritos etéreos de aséptica electrónica. Confusión abrumadora que nos imbuía en el cielo rojo en que se había convertido el local. Vimos al fantasma de Tim Hecker en el momento en que paró, vestido de negro, nos saludó con las manos en forma de rezo.

Sebensuí A. Sánchez

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