Memorias del Subsuelo | La vida era una fiesta en nuestro tiempo

Ernest está bloqueado. Lleva meses así, demasiados. Mira la montaña de papeles sobre su escritorio, mira la botella de wiski. Su padre le decía que uno se hace un borracho cuando empieza a abrir las botellas, él siempre pensó que uno se hace borracho cuando bebe solo. En cualquier caso, abre la botella y se sirve un vaso. Lleva más de una hora frente a su libreta. Los bares están demasiado lejos de su casa y él es ahora demasiado viejo y famoso para ir a cualquier parte tranquilo. Vive en una casa inmensa junto al río.

Suena el teléfono de la sala de estar. El ring-ring es atronador en el silencio de la mañana: papá está escribiendo, niños, no hagáis ruido. Papá tiene un humor de perros últimamente y bebe más de lo que debería. NADIE VA A COGER ESE MALDITO TELÉFONO, grita Ernest y estrella el culo de la botella de scotch contra la sólida caoba de su escritorio. Justo antes de salir, furioso, de su despacho, alguien contesta. El escándalo cesa. Esos malditos aparatos son letales para el trabajo de los escritores. El motivo de su enfado ha pasado, pero la rabia se ha quedado atascada dentro, como un estornudo. Da vueltas por la habitación. Toma un vaso y se sirve uno doble, sin hielo.

La rabia lleva ahí bastante tiempo y le bloquea. Es como uno de esos toros a los que era aficionado cuando vivía en Europa. Se escapaba a España siempre que podía: Pamplona, Valencia, qué recuerdos. Eran otros tiempos, eran sus tiempos, los mejores. Pasaba hambre a veces, pero era feliz con su mujer y su joven hijo Bumby. Ahora Bumby es un hombre y le odia. Él también odiaba a su familia, sobre todo a su madre.

Aquella maldita perra tenía la costumbre de vestirlo como una niña. Quería que fuera una niña y luego tuvo que matar muchos animales para demostrarse que era un hombre. Tuvo que ir a una guerra para demostrarse que era valiente. No lo dejaron combatir, lo destinaron a la cruz roja, como las mujeres, pero nunca lo contaba en sus libros. Vio la muerte a la cara y casi no lo cuenta cuando lo hirió aquella batería. Perdió muchos años de su vida en aquella guerra estúpida, la primera para él. No sería la última, pero ninguna como aquella. Todas las guerras son estúpidas, el adiós a las armas nunca llega.

Pero al final había tenido éxito, había ganado el Nobel, nada menos. Ni en sus mejores sueños se hubiera imaginado conseguirlo, o quizás sí. Recuerda la euforia cuando le otorgaron el premio. Estaba en Cuba. Echa de menos la isla. Ahora las cosas estaban difíciles para los estadounidenses allí. Ya está viejo para la guerra y los conflictos. Es demasiado cobarde, siempre se sintió un cobarde toda su vida, pero no lo confesó. Si su amigo Scott hubiera vivido para verlo, él era quien merecía en verdad ese premio y no él. Se lo dieron porque no pudieron otorgárselo a Scott. Siempre fue un hipocondríaco, en la treintena pensaba que iba a morir en cualquier momento. Finalmente murió bastante pronto, estaba marcado por la muerte, como todos sus amigos. Estaba solo.

-Siempre fuiste un mentiroso, Hem. -dijo Scott.

-Sí, pero los escritores viven de mentir.

-¿Eso es otra de tus mentiras, Hem? -insistió Scott- Que le pregunten a Hadley lo mentiroso que eres. Siempre decías que no bebías mientras escribías. Todo lo que escribiste lo hiciste borracho. No escribiste una sola línea sereno, maldito borracho.

-Tú tampoco, Scott. Siempre te estabas quejando. Así lo he dejado escrito.

-Pero yo ahora estoy muerto y tú estás ahí, vivo. Me has convertido en el fantasma de Hamlet. ¿Por qué no vienes conmigo, Hem? Aquí hay muchos borrachos como tú.

-Cállate, Scott. Déjame escribir hoy. No quiero recordar este día, no quiero recordar a nadie. Quiero empezar de cero. Quiero llorar sin que nadie me vea, ni siquiera tú, viejo amigo. Siempre sospeché que te gustaban los hombres, tenías un deje extraño en la voz.

-Yo creo que te gustaban a ti. -dijo Scott.

-Ni hablar.

-Claro que sí. -insistió.

-Cállate.

-No, cállate tú, maldito borracho marica asqueroso y cobarde.

-¡CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATE!

Aporrea la mesa con el puño. De repente, oye unos pasos detrás de la puerta de su despacho y una respiración entrecortada. Se detiene. El pecho tiembla bajo la barbilla.

-¿Estás bien, cariño?

-Sí, mi vida, estoy bien.

-Te he oído hablando solo. ¿Hay alguien ahí contigo? ¿Puedo entrar, mi amor?

-No te preocupes, estoy escribiendo. Déjame trabajar, déjame tranquilo.

-Pero cariño se te oía muy alterado y -el pomo de la puerta comienza a girar.

-¡Te he dicho que te vayas, maldita zorra! ¡No ves que estoy trabajando! Como salga de.

Los pasos se alejan del otro lado de la puerta. Se había quedado solo otra vez con sus libros, sus papeles, sus fantasmas. Así está mejor. Nadie en su sano juicio podría soportar lo que él soportaba cada día. Se estaba volviendo loco como Zelda. Estaba dando problemas a su familia. Había que tomar una decisión al respecto. Él es un hombre sensible después de todo, siempre lo fue. Podría haber sido poeta, como Ezra.

El vaso está vacío en su mano izquierda, como su bloc de notas. Decide llenar ambas cosas y empieza por el vaso. Toma la botella y se sirve. El pulso le tiembla, está bastante excitado. Unas cuantas gotas caen a fuera y las seca con la manga de su bata. Apesta, lleva bastante tiempo sin lavarse. Se ha vuelto un vagabundo encerrado en su propiedad millonaria. Recuerda aquellos tiempos en los que se sentaba con ellos junto al río, uno siempre tenía que estar atento por si algo picaba. Uno tenía que defenderse solo.

A lo largo de su trayectoria había dado muchos consejos a otros escritores. Si había alcanzado el éxito era porque tenía un sistema: lo más importante era escribir una frase verdadera, el resto vendría solo. Otro de las cosas fundamentales era dejar siempre algo para el día siguiente, parar justo en el momento en el que la historia cobraba forma y uno sabía cómo continuarla. Muchos ingenuos siguieron a pies juntillas sus recomendaciones: no encontraban resultados positivos. Se lo hicieron saber. La culpa era de ellos creer a un escritor: los escritores viven de mentir. Esa es la regla de oro, la más importante. También decía que solo bebía después de escribir y todos sabían que mentía. Él había sido escritor porque no había podido ser otra cosa. Ahora se había vaciado el pozo. No podía inventar historias, no tenía fuerzas para encontrar el agua, lo mismo le había pasado a Scott hacía mucho tiempo. Nada tiene sentido para él. Se siente una cáscara vacía, una botella vacía tirada en la basura. Pero estaba vivo y eso le producía una sensación extraña. Hacía meses, años que no experimentaba ningún alivio.

La felicidad consiste en encontrar alivio. Esa es una buena frase, la escribe en su libreta. Antes de seguir moviendo la mano derecha sobre el papel con su lápiz, se deja llevar por esa frase. Es muy verdadera, le parece lo mejor que haya escrito nunca, al margen de lo que piense mañana. Hoy, esa es la pura verdad: la felicidad es un alivio. Uno tiene hambre y come y es feliz, uno tiene sueño y duerme y es feliz, uno tiene deseos, los cumple y es feliz. Pero luego siempre llega el vacío y esa sensación que no se llena con nada: ni con el éxito, ni el fracaso, ni el olvido. Ni siquiera lo llena el mejor wiski.

No vale la pena escribir nada más. Podría hacerlo, pero ya no quiere. Hemingway coge el mechero y deshace el trabajo de toda la mañana. Guarda la botella de wiski en su sitio y sale de la habitación. Por el pasillo va pensando en que por fin encontrará la felicidad.

Es el día 2 de julio del 61. Hace un día espléndido en Ketchum, Idaho, Estados Unidos.

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