La resurrección de Radiohead

Un nuevo disco de Radiohead es siempre uno de los acontecimientos musicales del año. Es también un regalo y una cita ineludible para todos los melómanos que alguna vez disfrutaron con un tema suyo. Y es, por encima de todo, una invitación al mundo que proponen Thom Yorke y sus legionarios, siempre lleno de matices y dobles fondos que es difícil captar en las primeras escuchas.

 

Tras un polémico The King of Limbs, que casi provocó un cisma en la comunidad fan de Radiohead, se han tomado un largo descanso para clarificar sus ideas y abandonar, con buen criterio, la senda electrónica y adentrarse en terrenos más orquestales, suaves, cálidos, sensitivos.

 

A Moon Shaped Pool es un disco para sentir. Es un disco para darle la mano a Yorke y que te enseñe todos los arreglos orquestales, todos los sonidos que tú no sabías que estaban ahí pero que no salen de tu cabeza. Es una experiencia tan densa y que requiere de tanto estudio para abarcarlo completamente que se presenta como una de las obras menos accesibles de los británicos.

 

Pero tampoco es un disco que haga falta diseccionar para poder disfrutar completamente. Prueba de ello es el tema que abre el álbum, un brillante Burn The Witch donde las cuerdas que sostienen toda la canción nos recuerdan a ratos a los Arcade Fire más épicos, pero sin alcanzar toda esa potencia. Este es un rasgo central del disco: la contención. Casi todos los temas dan la impresión de que van a acabar explotando de una manera u otra, pero sin embargo no estallan, o al menos no lo hacen de la manera que nosotros esperamos. La culminación de los temas llega en forma de capas de instrumentos que se superponen, de chispazos que se colocan al final del todo e iluminan una composición que se tornaba aburrida e indiferente. Radiohead ha jugado a cambiar la intensidad por la calidad, la furia por la técnica.

 

Es un disco completo y sin fisuras. Es bien cierto que tiene algunos temas donde se les podría demandar más, que se hacen largos y a los que les falta algo. Pero es que incluso esos temas son buenos, tienen un detalle que te hace darle al replay. Hablamos por ejemplo de Glass Eyes, Tinker Tailor Soldier Sailor Rich Man Poor Man Beggar Man Thief o Desert Island Disk. Son temas que, si bien no están nada mal, no son capaces de soportar el peso del disco y las expectativas con la entereza con la que lo hacen otros temas. Otro ejemplo podría ser el segundo adelanto, Daydreaming, pero se lo perdonamos por el magnífico videoclip grabajo bajo la dirección de Paul Thomas Anderson que está repleto de guiños a la carrera de la banda.

 

 

Ahora bien, este disco tiene también joyas. Temas que se pedirán a gritos en los conciertos, como el mencionado Burn The Witch, Ful Stop o Identikit. Ful Stop es un tema veloz, donde la composición aumenta de intensidad poco a poco pero, como decimos antes, no llega a estallar. En cambio, su beat se acelera cada vez más, impulsando unas percusiones frenéticas y dando paso a una de las pocas apariciones notables de las guitarras. Identikit también tiene otra aparición estelar de la guitarra, fraseando al final de la canción, dándole el broche final a tan notable composición.

 

Pero las auténticas estrellas del disco son dos y tienen nombre propio: True Love Waits y Present Tense. La primera era, probablemente, la canción más famosa no grabada por la banda. Prácticamente a todo el mundo le viene a la cabeza el rasgueo de guitarra de un Thom Yorke solo en un escenario. Es poco probable que esa asociación de ideas desaparezca de la memoria colectiva, pero es imposible negar la absoluta belleza de la versión grabada. La profundidad de la voz de Yorke rogando para que no se vaya su amor y el maravilloso dúo de pianos forman un todo tan perfecto que esa canción podría no acabar nunca y nadie lo lamentaría. Esta canción es auténtico amor verdadero.

 

 

Present Tense es una canción para volar, para dejarse llevar por los raíles que construyen las cuerdas y la voz de Yorke. Cuando la canción despega, tú ya estás montado en ella. Estás tocando la cima del disco con las puntas de los dedos, cantándole lo mismo que Yorke a su ficticio interlocutor: I’m lost in you. Incluso sin esos coros de tinta celestial, la canción habría sido redonda. En cuanto la escuchas, sabes que han vuelto a ganar. Incluso aunque el resto de canciones fueran terribles, el disco merecería la pena solo por esta canción.

 

El principal problema que tiene este disco son las expectativas y la trayectoria de los autores. En sí mismo es un disco muy bueno y que se colará sin duda en la lista de los mejores discos internacionales del año. Pero Radiohead han creado alguna de las canciones más maravillosas que se recuerdan, y probablemente muy pocos temas de este disco se conviertan en clásicos atemporales como Karma Police, Kid A o Reckoner. Pero a pesar de esto: discazo.  Probablemente, la mejor noticia que nos trae este nuevo disco es que, tras el experimento que fue The King of Limbs Radiohead han vuelto a casa, con sus estructuras habituales, con su música que hace falta machacar y estudiar, con un sonido renovado pero que definitivamente nos suena familiar. Nuestros Radiohead, los de siempre, los que queremos y por los que nos volvemos locos, han resucitado.

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